Curiosidades de la cocina mexicana VOLVER

Pan de muerto: el dulce que los mexicanos comparten con sus difuntos

Desde la segunda semana de octubre los mexicanos empiezan a hablar de una sola cosa: el pan de muerto.

Cada año, se espera con ansias el otoño, porque es el momento en que los mexicanos pueden ofrecerle a sus muertos un poco de las cosas que disfrutaron en vida. Lo hacen de manera simbólica y con diversos elementos, cada uno con una potencia semántica tan fuerte, que se ha considerado una festividad patrimonio de la humanidad.

Esta serie de rituales/fiestas, tiene el nombre de Día de muertos y abarca del 30 de octubre al 2 de noviembre, días en los que, según la cosmovisión mexicana, los muertos vuelven a casa a visitar a los vivos y a disfrutar con ellos de sus comidas favoritas (dentro de las que siempre está este pan).

Todo ese banquete se prepara minuciosamente y se coloca en un altar temporal, llamado "ofrenda", formado por velas (que los guían de vuelta) y flores de cempaxúchitl (con las que se les recuerda).

El pan de muerto tiene su origen en la época de La Colonia pero sus bases están cimentadas en el México prehispánico, ese territorio que ofrendaba a sus dioses, los cuerpos de algunos privilegiados (usualmente miembros de la realeza prehispánica) causando un fuerte choque cultural a los españoles que llegaban, y que veían en esas ceremonias, paganismo y violencia, lo que llevó a prohibirlas.

Uno de esos rituales implicaba mezclar la sangre de los sacrificios con amaranto, haciendo un alimento que se compartía entre dioses y humanos. Post-colonia, el cuerpo de los sacrificados se sustituyó por pan de maíz y trigo, al que se le añadió una bolita en la parte central para representar el cráneo, y cuatro tiritas en forma de huesos, colocadas en forma de cruz.

A pesar de su corta producción (inicia la segunda semana de octubre y termina la segunda semana de noviembre), el pan de muerto, es actualmente, uno de los manjares más ansiados por los mexicanos. La versión tradicional lleva por encima azúcar blanco o ajónjoli, y tiene un sabor similar al roscón de Reyes, pero con una consistencia mucho más mantequillosa y suave.

Claro está que existen también las versiones más modernas y arriesgadas, con sabores y combinaciones tan variadas como gustos: jengibre, cardamomo, lavanda, limón, guayaba, rellenos de crema de café, mermeladas, mieles y un infinito etcétera. Se acompaña de un chocolate caliente, y se disfruta pensando en los ancestros, que vuelven a casa para compartirlo.

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