Delicado encanto VOLVER

La perfección se llama Zurich

El encanto de esta antigua y delicada ciudad europea que reposa entre las montañas, un río y un lago se vuelve irresistible para tanto para vivir el final de un año con la celebración perfecta.

Siempre pensé que el lugar perfecto para pasar las fiestas de fin de año debía ser Europa. No es que uno pueda elegir así como así cruzar el Atlántico en lugar de tener que reunirse en casa de un cuñado insufrible. Pero como pensar es gratis, hay que hacerlo en grande. Y la Navidad tiene que ser europea. En una ciudad antigua, preferentemente. Y elegante. Mucho mejor si es dueña de una gastronomía delicada. No debe ser una de esas grandes urbes que repiten en todos los sitios del mundo los mismos vicios. Ah y mi ciudad perfecta tiene que tener un lago, si no ¿dónde se reflejarían los fuegos artificiales?

Como decía, siempre supe que la Navidad perfecta tenía que ser en Europa; lo que me sorprendió fue descubrir que Zürich es ese destino ideal en el Viejo Continente que reúne todo para esas fiestas de ensueño.

¿En dónde más puede uno escuchar villancicos cantados por un grupo de chicos sentados en un enorme árbol de navidad?; ¿qué otro lugar tiene el mercado navideño más grande de Europa?; y ni que hablar de cruzarse con un árbol de 16 metros de alto adornado con más de 7000 brillantes de Swaroski. Todas boberías, detalles superfluos, especialmente para quienes son creyentes. Pero ocurre que Zurich tiene todo un arsenal de pequeñeces que, unidas, proveen una experiencia global inmejorable. No es raro, viniendo de una ciudad que es una abonada al top five de mejores lugares en el mundo para vivir, no importa quien haga la medición.

Y esos miles de detalles no se circunscriben tan solo al 24 y el 25 de diciembre. Todo empieza mucho antes. Por ejemplo, cuando un 22 de noviembre a las seis en punto de la tarde, noche ya en la Zurich invernal, hace su aparición Lucy: más de 12000 luces de led de colores azul, rojo y blanco que se encienden en Bahnhofstrasse, la más famosa de todas las calles en donde hacer compras en la capital financiera y cultural de Suiza.

Esta ciudad roza la perfección: tiene apenas 390.000 habitantes, besa la orilla de un lago y los pies de las montañas; tiene historia, rezuma arte; la arquitectura se bebe a cada paso, la estrellas de sus hoteles brillan más que en cualquier sitio; y su gastronomía es tan amplia que va desde el puesto callejero hasta los restaurantes de elite con igual delicadeza.

Y eso, por supuesto, no se circunscribe solo al invierno. Cada estación tiene su belleza particular aquí.

Historia bajo los pies



Hace más de 7000 años los futuros europeos comenzaron a dejar vestigios de su actividad en este paraje ubicado a 400 metros sobre el nivel del mar, junto a un lago, rodeado de bosques generosos en alimento y abrigo. Con el tiempo, diferentes pueblos fueron dejando sus huellas hasta que llegaron en el año 15 antes de Cristo, cuando no, los romanos con su nuevo mundo y montaron aquí mismo el puesto aduanero de Turicum. El río Limmat, que atraviesa Zurich por el centro, se convirtió no solo en una frontera con los celtas, sino en una vía de transporte comercial. Y junto con la burocracia llegaron los viñedos y el mortero para construcción. En los poco más de 400 años que se quedaron por allí, los romanos crearon un puente, un puerto, baños termales y una fortaleza, el Lidenhof, en el punto más alto de la ciudad vieja.

Luego vinieron francos y alemanes que no eran muy afectos a las ciudades, pero que mantuvieron la función defensiva del Lidenhof. Recién en 1218, cuando murió el último señor feudal, la ciudad volvió a ser tal y se convirtió en independiente, respondiendo directamente al emperador romano germánico. Y esos nuevos ciudadanos demolieron el Lidenhof y construyeron el Town Hall. Desde entonces, Zurich no ha dejado de evolucionar hasta ser lo que es hoy, una de las mejores ciudades del mundo para vivir y, lo dicho, para visitar.


Iglesias y leyendas


Cuenta la leyenda que Félix y Regula eran dos hermanos que, en tiempos del primer cristianismo, fueron decapitados por su creencia en esa fe. Hasta allí nada de qué asombrarse, pero dice la historia que luego del tan desafortunado evento, ambos ejecutados fueron lo más campantes a buscar sus cabezas a la orilla del río y caminaron colina arriba hasta llegar al lugar donde querían ser enterrados. El cuento llegó siglos más tarde a oídos de Carlomagno, emperador del sacro imperio que mandó a construir una iglesia en ese mismísimo lugar. Así nació la iglesia de Grossmünster, una de cuyas torres lleva el nombre de Carlomagno y a la que se puede subir, previo pago de una entrada, para disfrutar de las increíbles vistas de la ciudad y de los Alpes nevados que recortan el horizonte.

Luego vino el nieto de Carlomagno, Ludwig el germano, que no quiso ser menos y agrandó la familia de iglesias creando al otro lado del río la Fraumünster, un convento para señoritas nobles, que se convirtió además en aduana, banco y mercado de derechos varios.

En la Edad Media las reliquias de los pobres Félix y Regula convirtieron a Zurich en una tierra de peregrinaje. Y se creó un circuito que iba desde la Fraumunster hasta la Grossmunster, pasando entre medio por la Wasserkirche, ubicada junto al río, y por un puente de madera que unía ambas márgenes.

Ese mismo recorrido se puede hacer hoy, recordando estas historias e intentando no perder la cabeza en el camino.

Ciudad del arte



La historia de Zurich siguió ligada a las reformas religiosas y luego a la revolución industrial, al punto en que ambas cosas convergieron en que exiliados religiosos de otros lares se reubicaron junto al lago Zurich, justamente, para montar sus talleres. Resulta que esa ciudad fabril y puritana fue dejando paso a lo largo del siglo XX a otra nueva, mucho más dinámica y sobre todo refinada.

En el camino, aparecieron aquí vanguardias como el dadaísmo, cuyo origen se señalan en el mismísimo Cabaret Voltaire, ubicado en la Spiegelgasse. El año de su nacimiento, 1916, coincide con una primera guerra mundial estancada, con millones de muertos y ningún ganador; con un Imperio Austrohúngaro desmembrándose y con la locura de los tiempos que estos artistas quisieron denunciar. Estos cantantes, músicos, bailarines, literatos y pintores se dedicaron entonces a cuestionar todo lo existente. Hace casi diez años el Cabaret Voltaire volvió a abrir sus puertas, pero ahora con exhibiciones, un bar temático, eventos y hasta una biblioteca especializada en el dadaísmo. Para completar la experiencia, uno puede alojarse en el Hotel Limmatblick, en donde todas las habitaciones están decoradas con el estilo Dadá.

Pero de aquella vanguardia a hoy, el arte se ha multiplicado en Zurich, no solo en opciones para ver, sino también para comprar. Detrás de Nueva york y Londres, es la tercera ciudad más importante en este aspecto. Más de 15 museos dedicados al arte y decenas de galerías llenan de color las calles como Rämistrasse y viejas instalaciones industriales, como las de la cervecería Löwenbräu, ahora llenas de negocios artísticos. Lo mismo viene ocurriendo con la Bahnhof-strasse. Y hay de todo para ver: muestras de avant-garde ruso, galerías como Mai 36 dedicadas al pop, el minimalismo y el arte conceptual; otras como Bob Van Orsouw que promueven a noveles artistas; y museos como el Reitberg permiten encontrarse con una colección de arte no europeo asombrosa. Y así como se puede dormir en un hotel dadaísta, también se puede vivir el arte y la arquitectura en un alojamiento como el Hotel Widder, al cual el arquitecto Tilla Theus dedicó 10 años de trabajo. Lo que logró fue integrar las antiguas paredes de piedra de ocho edificios históricos de la ciudad vieja para formar un solo edificio destinado a albergar visitantes. El resultado es un ejemplo de lo que se puede hacer para resignificar lo antiguo y adaptarlo a los estándares modernos sin perder ni un ápice del carácter histórico.

Zurich ofrece otros hoteles igualmente sorprendentes. Como el Doler Grand, diseñado por el gran arquitecto británico Sir norman Foster; o el Romantik Seehotel Sonne, ubicado en Küsnacht, que deleita a sus pasajeros con cuadros y esculturas de artistas suizos como Alois Carigiet, Augusto Giacometti, Bernhard Luginbühl, Albert Manser y Jean Tinguely, así como también de otras grandes como Julian Schnabel y Andy Warhol.

La lista sigue con el Hotel Rigihof, construido en la década de 1930 y aún hoy un testigo directo del estilo Bauhaus style; o incluso con propuestas más modernas, como la del Park Hyatt, con su bar Onyx, decorado, claro está, con la misma piedra que le da nombre.

Las cuatro estaciones


La excusa para visitar Zurich en invierno es su fantástico espíritu navideño. Y apenas se pone un pie en la estación central de trenes, un sitio fantástico por muchos motivos, se aprecia esa pátina festiva. Es que aquí funciona el Zürich Christkindli Market, el mercado navideño bajo techo más grande de Europa. Son más de 150 puestos en los que se puede conseguir desde adornos, artesanías y pequeñas obras de arte, hasta delicatesen, vino caliente con especias o sencillos shows de cuentos para chicos. Aquí es donde relucen los 7000 cristales de Swaroski en un árbol inverosímil.

Estas ferias se repiten en cada rincón de Suiza. Así uno puede navegar el lago Zurich para llegar hasta la ciudad medieval de Rapperswil, donde el número de puestos llega a 200. O llegar hasta la vecina Einsiedeln, en donde el Mercado de Navidad recuerda a los primeros burgueses, los que montaban sus campamentos comerciales junto a castillos y abadías, porque crece alrededor del monasterio barroco de los monjes benedictinos.

Alguna de estas visitas se puede combinar con uno de esos placeres imperdibles: un mini crucero para comer una auténtica fondue de quesos suizo. Todos los martes por la noche desde octubre a diciembre uno puede disfrutar por unos 93 francos suizos (xxx pesos argentinos) de una recorrido de unas dos horas en el que se degustan un trago de bienvenida, a platter of Graubünden hors d'oeuvres, la mencionada fondue de queso, el postre y el café.

Claro que pasear y recolectar calorías en forma de stollens, fondues y chocolates no es lo único que propone la ciudad.

Zurich se encuentra a los pies del cerro Uetliberg, de casi mil metros de altura, lo suficiente para obtener postales perfectas de la ciudad, el lago y los Alpes, pero no demasiado como para convertirse en una excursión solo para expertos. En primavera y verano, el sitio es perfecto para el trekkking; en otoño, los bosques se tiñen de amarillos, ocres y rojos; y cuando todo se cubre de blanco, los senderos se vuelven toboganes insanamente divertidos para deslizarse monte abajo.

Zurich tiene cuatro estaciones bien definidas y eso se nota a cada paso. Cuando el clima es amable, como en el verano con 22° promedio, las terrazas de hoteles, cafés y restaurantes se pueblan de mesitas imperdibles; en los mercados el invierno es navideño, pero en otros momentos del año las flores y los productos frescos de las comarcas vecinas, verdaderas delicatesen, toman protagonismo.

El lago y los ríos como el Limmat pueden servir de pista de patinaje sobre hielo en febrero o de escenario para navegaciones en kayak en junio. Lo que se mantiene inalterable es esa sensación de que todo está en su sitio, de que ningún detalle se dejó librado al azar. Zurich es amable, delicada, perfecta. Y a nadie sorprende porque es lo que se espera de Suiza. Pero como ocurre en cada viaje, vivir esa perfección es muy diferente de intuirla.

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