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Taiwán: exótica y moderna

Una visita al universo tecnológico de la República de Taiwán entre templos budistas y rascacielos como el Taipei 101, una obra maestra de la arquitectura contemporánea rodeada por un aura de pagoda posmoderna.

En sus escasos 36.200 kilómetros cuadrados, Taiwán alberga 23 millones de habitantes que aprovechan palmo a palmo hasta el último resquicio de terreno, siendo el segundo país con mayor densidad del planeta después de Bangladesh. El 63 por ciento de la isla es montañoso, así que ese espacio casi no sirve para vivir y lo usan para cultivar. Y para colmo, la estrategia de crecer hacia arriba con rascacielos como en Hong Kong tampoco es del todo práctica, porque están sobre una falla tectónica que convierte a la isla en terreno sísmico.

¿Cómo hacen? Por un lado, los taiwaneses están bien desperdigados por todo el territorio, donde prácticamente no quedan superficies llanas sin ocupar. Un dato curioso es que en Taiwán no hay muchos pueblos pequeños, ya que casi todos se han transformado en ciudades. Otra estrategia llamativa consiste en no crear nuevos cementerios extendidos en el suelo: los hacen verticales en edificaciones de hasta veinte pisos. Además, hay tres urbes con subte y el espacio bajo tierra nunca se desperdicia: en Taipei, por ejemplo, existe un gran mercado de ropa subterráneo. Pero cuando resulta más visible el esfuerzo por hacer rendir hasta el último centímetro de tierra es al viajar por el interior del país, donde se atraviesan pequeñas ciudades con plantaciones de arroz de apenas 40 metros cuadrados rodeando las casas de la zona urbanizada. 

Taipei 101 

Hasta hace poco, el Taipei 101 fue el edificio más alto del mundo, recientemente desplazado por el Burj Dubai. La omnipresente construcción se ve desde cada rincón de la ciudad con su aura iluminada de pagoda posmoderna que sobresale en una capital que, a diferencia de Nueva York, no se caracteriza por sus rascacielos.

Ingresar en la base del Taipei 101 es como entrar en una burbuja futurista con espacios amplísimos y un gran shopping con el glamour de las marcas internacionales y autos de lujo en exhibición. En el nivel cinco están los dos ascensores -los más veloces del mundo-, que depositan al visitante en el piso 89 en 37 segundos. Son dos piezas aerodinámicas que suben a 45 kilómetros por hora, presurizadas como un avión. Cuando se cierran las puertas, bajan las luces, suena música celestial de Vivaldi y en el techo se encienden estrellas como en un planetario. Vamos hacia ellas.

Las puertas se abren directamente en un mirador con ventanales panorámicos donde se ve Taipei a los cuatro costados. Especialmente en la noche, el 101 ofrece un espectáculo de máxima modernidad. Abajo hay un edificio esférico, una vuelta al mundo que gira en cámara lenta, edificios enanos, autopistas que conducen pero no comunican -y que atraviesan la línea del horizonte-, calles que parecen venas ramificadas en capilares, puentes de hierro, cúpulas luminosas y ni una sola imagen humana, imposibles de enfocar siquiera como un puntito. Por eso proliferan los telescopios que violan intimidades. 

Taiwán no presenta grandes contrastes, a diferencia de otros estados de Asia. Todo es más o menos moderno e incluso los templos parecen nuevos. No se ven grandes bolsones de pobreza y tampoco existen, como en Tailandia, realidades contrapuestas entre la opulencia hipercapitalista y los monjes budistas que caminan en sandalias mendigando por la calle. Aquí la relación entre lo sagrado y lo profano se da en forma más natural y la tecnología ingresa sin pudores en los templos, donde se ven pantallas gigantes de cristal líquido y monjes que buscan en sus teléfonos inteligentes una palabra en inglés o atienden sin problemas el celular delante de un Buda. Y hay maquinitas a moneda que entregan un rollito de papel rojo con predicciones taoístas.

Taiwán, al menos a simple vista, es un país globalizado como el que más. Sin embargo, si uno se toma un avión hasta el extremo opuesto del planeta, es de esperar que vea y haga cosas extrañas. En Taiwán, por ejemplo, perdí con mi traductora una competencia de pelar langostinos con palitos chinos; un centollón de pesadilla me atenazó el pantalón en un mercado callejero; vi sandías cuadradas y pomelos con forma de pera; y comí helado de frijoles, estómago de pescado y atún de postre en un restaurante donde las sillas eran inodoros. También ojeé un diario para chicos -The Mandarin Children News- y visité un arroyo que sube una montaña en lugar de bajarla. Así es la vida cotidiana en Taiwán, donde no es extraño -al menos para los taiwaneses- ver gente común en un bar mirando la transmisión en vivo de la jornada completa de la bolsa de Taipei, para después comprar acciones como quien apuesta a los caballos por diversión.

Dioses que "hablan"

En un parque de la ciudad de Kaoshiung me topé un domingo a la tarde con un templo taoísta muy pequeño, como una casita de un solo ambiente. Su austero frente tenía dos columnas rojas pintadas con ideogramas negros y una línea de lámparas esféricas de papel rojo colgando del techo. Al rato llegó una pareja joven en una motoneta. Él se sacó el casco y entró al templo mientras ella esperaba afuera con el motor encendido. En tres minutos el muchacho prendió diez palitos de incienso en un mechero a gas, se arrodilló, hizo cinco reverencias y los clavó en la arena de un incensario de bronce. Trámite listo, se pusieron el casco y partieron. Ahí nomás llegó otra pareja de mayor edad, también en moto. La mujer, completamente pelada, traía bolsas de supermercado llenas de manzanas, ananás y variedades exóticas para ofrendar. Mientras ella colocaba un ramillete de bananas sobre una mesa, el marido le sacó una foto y puso música litúrgica en un grabadorcito de 10 centímetros. Estaban preparando una celebración. 

Cuando llegó Lulú Houng --mi traductora--, entablamos conversación los cuatro. Los esposos eran los "maestros" a cargo del templo y me explicaron que ese en particular estaba dedicado al Dios del dinero y la salud: "si usted quiere ganar mucho dinero, es a éste Dios al que le tiene que pedir". 

La relación con los dioses en Taiwán funciona más o menos así: uno pide o pregunta algo a determinado Dios y éste responde a través de dos maderitas llamadas puá pué, que tienen un lado plano y otro convexo. Si al lanzarlas ambas caen con la parte plana hacia abajo, la respuesta es "no". Si cae una para arriba y otra para abajo, es "sí". Y si caen las dos partes planas para arriba, la respuesta equivale a una carcajada de Dios y se puede tirar una vez más. Esto último le ocurrió a la pobre Lulú en el templito del parque, quien con cara de angustia ante el sarcasmo de Dios rezó un largo rato más y volvió a tirar. Pero recibió la misma respuesta evasiva y ya no le quedaba otra oportunidad. Entonces aprovechó la presencia de la "maestra" del templo para pedirle una excepción. Si bien las reglas son estrictas, varían según cada templo. En este caso la mujer tomó las maderitas, rezó ella misma con sonidos guturales como de ultratumba para aflojar al Buda Pekong, y con total confianza lanzó y ganó. Ante la respuesta afirmativa la mujer miró mi cara de asombro y rió hasta el borde de la carcajada, como ostentando el poder de su magia ante el occidental incrédulo. Y Lulú se fue contenta, habiendo escuchado "de boca de Dios" lo que había querido escuchar. Que "sí".

Julián Varsavsky

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