Malasia VOLVER

Donde vive la diversidad

La tierra que emerge generosa desde el corazón del mar de China juega plácidamente entre los extremos de la diversidad. Casi sin darse cuenta, Malasia eleva su emocionante modernidad hasta el cielo y, al mismo tiempo, se sumerge en su pasado para recuperar con orgullo su legítima identidad.

Hay lugares que es preferible descubrirlos desde el aire. Malasia es uno de esos pocos refugios del planeta en los que uno podría pasarse una eternidad a bordo del avión, observando con delicada fascinación los centenares de ríos que serpentean la tierra y que disciplinados conducen su naturaleza inevitablemente hacia el mar. 

A medida que nuestro vuelo se acercaba a Kuala Lumpur, la ciudad capital, descubrimos que a este país que logró su independencia recién en 1957, le encanta pasearse entre los extremos. Será por ello que Malasia emerge generosa desde el corazón del mar de China, elevando su sofisticada y por momentos exagerada modernidad hasta el cielo, pero hundiéndose al mismo tiempo en su pasado, en un intento por rescatar con paciencia y armonía su verdadera identidad.

En esta etapa del viaje, una recorrida por la terminal aérea que es todo un orgullo para estos tigres asiáticos, nos alcanzó para verificar que los malayos son tan ordenados en la tierra como se los percibe desde el aire. 

Este gigante que espera recibir en poco tiempo unos 100 millones de pasajeros por año, fue diseñado en base al concepto de "aeropuerto en la selva, selva en el aeropuerto", por lo que está totalmente rodeado de espacios verdes que fueron íntegramente trasplantados a mano.

Una conexión con un nuevo vuelo de Malaysia Airlines nos llevaría hasta el archipiélago de Langkawi. El viaje desde Buenos Aires, con una breve escala en Ciudad del Cabo, ya llevaba unas 20 horas, pero para nosotros valía la pena empezar nuestra aventura asiática en alguna de las 99 islas que componen este destino que se recuesta sobre la costa Oeste.

Langkawi nos recibió con un calor húmedo que nos obligó a despojarnos de casi todo. Llegamos de la mano de nuestro guía Zamir al hotel Meritus Pelangi Beach. Un establecimiento ubicado en la playa de Pantai Cenang que mezcla las raíces de la tierra que abrigó las historias de Sandokán con el mejor confort que se puede ofrecer. Tiramos nuestro equipaje en el lobby, respondimos gentilmente a las amables sonrisas que nos prodigaron los recepcionistas y corrimos los cuatro -éramos dos periodistas por nuestra revista y dos colegas Guido y Esteban que trabajan para otras revistas - a darnos un chapuzón en el mar. 

Una medusa se empecinó con el cuerpo de Guido, que se retorcía como bailarín de break dance, mientras nosotros, ajenos a lo que estaba pasando, nos reíamos de su coreo. Los que sí lo tomaron en serio fueron los médicos del hotel, que llegaron de inmediato para analizar la gravedad de las picaduras. Algunos minutos después, nos explicaron que hay una variedad de jellyfish -así las llaman los lugareños- en esa zona que puede ser mortal. Obviamente salimos catapultados del mar y aprovechamos para recorrer la inmensidad del resort que tiene unas 200 cabañas, dos piscinas, dos lagos, tres restaurantes y un centro de deportes acuáticos. Cenamos algo -pero honestamente estaba tan cansado que no puedo precisar qué fue- y me fui a dormir en un intento de recuperarme para los días que me esperaban.

Costumbres en la playa

La abundancia del desayuno jugaba en armonía con la variedad de turistas de todas partes del mundo que encontramos la primera mañana en el restaurante principal.

Una familia árabe me robó la atención durante minutos. No había nada fuera de lugar. Los chicos lucían zapatillas con luces de colores, jugaban con el celular, y no tomaban la leche, igual que en cualquier parte del mundo. Su papá -con sandalias de cuero, bermudas y anteojos de sol- hojeaba el diario despreocupado mientras exhibía con orgullo un costosísimo Rolex de oro. Descubrí entonces que lo que me cautivaba era la imagen de la mamá. Es que a la mujer que intentaba que todo en la mesa estuviera en su lugar, solo podía verle la profundidad de los ojos porque llevaba puesto un niqab, un velo negro que cubre el rostro excepto los ojos y que se combina con una túnica del mismo color que tapa el resto del cuerpo.  

A mis pupilas occidentales les costaba entender cómo una mujer toleraba con abrumadora paciencia convertirse en una sombra ambulante, mientras su familia disfrutaba cómodamente del sol, la playa y los juegos en el agua.

Algunos minutos más tarde, cuando me animé y comencé a charlar con su esposo -un empresario petrolero nacido en Arabia Saudita- comprendí que estas señoras prácticamente anónimas no tienen muchas opciones. En esa región del mundo, las mujeres tienen que resguardarse la cara para poder ver a un hombre que no es su marido, hermano o hijo. No pueden salir solas de casa sin autorización ni se les está permitido conducir, y si viajan en transportes públicos deben ir acompañadas de algún hombre de la familia.

Un bocinazo interrumpió por suerte la conversación de sordos que manteníamos con el saudí. La camioneta nos estaba esperando para conducirnos al puerto, donde teníamos que abordar un bote que nos alcanzaría hasta la playa de Pantai Datai. Un muelle destartalado y la diversidad de Malasia nos dieron nuevamente la bienvenida. Mujeres en bikini interactuaban con doncellas indias que llevaban con orgullo su sari, y algo más allá tres mujeres enfundadas en su niqab esperaban en silencio y a la orilla del mar que sus hijos terminaran de nadar.

Unos monos más atrevidos que simpáticos nos robaron parte del banquete que una amable familia ensayó para nosotros en la playa. Sin saberlo, mientras los corríamos, los primates nos condujeron hasta al otro lado de la isla, donde en soledad nos tiramos a descansar. 

La noche nos sorprendió en la playa tratando de seducir a Anja, una simpática alemana, para que se convirtiera en la modelo de las fotos que queríamos realizar. Entre mariscos, centollas y otras delicias de mar, ya casi la teníamos convencida, cuando a Efraín se le ocurrió mencionar que varias de las tomas -en honor la a verdad casi todas- tendría que hacerlas semidesnuda. 

El sol de la mañana se coló por la ventana de madera que espiaba hacia el mar y me expulsó violentamente de la cama. Teníamos solo tres horas para hacer la producción con Anja -de más está decir que la firmeza alemana no pudo con el capricho dialéctico argentino-, armar nuestras valijas y volar hacia otro destino. 

Tomé prestado, aunque no recuerdo a quien le avisé, un carrito de golf, y a bordo del mismo fuimos recorriendo las hectáreas del hotel para realizar las fotos que habíamos programado.

Es parte de la religión 

Un nuevo paso por el aeropuerto de Kuala Lumpur y un nuevo avión de Malaysia nos llevó en poco menos de una hora hasta Kuala Terengganu, capital real del estado del mismo nombre y sede del Sultanato. Mientras esperábamos nuestras valijas, Javi, un hombre un tanto escuálido pero de sonrisa interminable, se presentó junto a su mujer Wan como nuestros padres adoptivos. 

Habíamos arribado a esta tierra donde casi toda la población profesa el Islam para participar en el seno de una familia local del Aidil Adha, una de las celebraciones musulmanas de sacrificio más significativas. 

En Kuala Terengganu todos rezan cinco veces al día: a las 5.40 a.m., a la 1.10 p.m., a las 4.25 p.m., a las 7.06 p.m. y a las 8.15 p.m. Muchos los hacen en sus casas, otros en las decenas de mezquitas que pueblan las calles y algunos simplemente donde los atrapa el reloj.

Desayunamos rápido, casi como en casa, con el único detalle que mamá no llegó nunca a comprender porque Efraín y yo chupábamos de la misma bombilla esa infusión verde que ella desconocía.

Juntos nos fuimos a visitar el Taman Tamadun Islam, un parque educativo que contiene réplicas de más de veinte de las mezquitas más famosas y visitadas del mundo. Algo parecido a Disneylandia pero del Islam. 

En un trencito de la fantasía fuimos viendo y aprendiendo los secretos de las mezquitas de la India, Irak, Palestina, Egipto, Pakistán, entre otras. Javi nos contó fascinado que la idea del parque es que los jóvenes vayan interiorizándose de la religión. En un intento por escapar del sol del mediodía que se había empecinado con nuestros cuerpos, descubrimos la Mezquita de Cristal. Esta sí era una mezquita a tamaño real, íntegramente de cristal, en cuyo interior decenas de chicos y chicas, debidamente separados, aprendían en círculos las lecciones del Corán. Algunas horas más tarde, camino a casa, descubrimos que ese palacio era mucho más impresionante de noche, cuando luces rojas, amarillas y azules la revelan intermitente en la sinuosa silueta del río Terengganu.

Colapsados de la vida espiritual, decidimos hostigar, amablemente claro, a nuestro flamante hermano de 21 años, para que nos contara los secretos de la noche en la ciudad. La tarea fue imposible, en Kuala no hay bares, ni discos, ni nada que se le parezca, ya que los musulmanes están convencidos que el alcohol y los boliches no son buenos para el alma.

La puntualidad de los rezos me desveló a las 5.40 de la mañana. Hice un intento por abrazarme a la almohada pero el calor se encargó de separarme de ella. Tomé un pedazo de pan, saludé a papá y a mamá y salí a explorar los alrededores. Casi sonámbulo deambulé por los puestos callejeros de la playa de Pantai Batu Buruk.

Unas horas después llegué al Museo Estatal, uno de los más grandes de Asia. Está emplazado sobre 27 hectáreas y tiene casi 75 mil metros cuadrados. Son distintas galerías en las que se puede encontrar de todo, aunque les aconsejo algo que yo no hice: apoderarse de un mapa en la entrada, porque de lo contrario puede alcanzarlos la madrugada mientras siguen dando vueltas por el museo.

Esa misma noche, entre voces graves que se alzaban al cielo, dejamos la ciudad enfundados en unos trajes típicos de colores estridentes que habían confeccionado especialmente para homenajearnos en nuestra despedida.

La ciudad del futuro 

Una vez más arribamos a Kuala Lumpur, pero en esta oportunidad con ganas de quedarnos un par de días. Recorrimos los casi 100 kilómetros que separan el aeropuerto del centro en absoluto silencio, solo observando esa primera imagen futurista de autopistas y trenes suspendidos en el aire que se funden en abrazos de hormigón y hierro con decenas de torres dispuestas a besar el cielo. 

Kuala Lumpur es una ciudad atrapada en un limbo urbano. Es limpia, ejecutiva y logísticamente eficiente como Nueva York pero si uno se aleja tan sólo unos minutos puede volverse anárquica y confusa como Singapur. 

El vértigo de las transformaciones ha dejado en el olvido a antiguas casas chinas y coloniales entre rascacielos y shoppings de todo tipo, mientras que los puestos callejeros, las adivinas sin dientes y las bellas masajistas orientales comparten con eufonía el mismo espacio con ejecutivos enfundados en Armanis y millones de turistas que en un intento por captarlo todo, tuercen sus pescuezos emulando a Linda Blair en El Exorcista.

El hotel que nos albergó no podía tener una mejor ubicación. El Istana KL conforma un triángulo de privilegio con las mágicas Petronas y el núcleo comercial. Desde ese punto partimos las mañanas siguientes para visitar el Parlamento de Malasia, la Torre Kuala Lumpur, el Putra World Trade Centre, la mezquita Masjud Jamek y las famosas Batu Caves.

Las torres Petronas, de 452 metros de altura, fueron los edificios más altos del mundo entre 1998 y 2003. Tienen 88 pisos de hormigón armado y una fachada hecha de acero y vidrio. Fueron diseñadas por el arquitecto argentino César Pelli y evocan motivos tradicionales del arte islámico, haciendo honor a la herencia musulmana de Malasia. 

Para la construcción de la mole, y alentados seguramente por una dosis de picardía criolla aportada por Pelli, se organizaron dos equipos. Uno formado por trabajadores coreanos a cargo de una torre; y el otro, responsables de la segunda torre, netamente integrado por japoneses, por lo que se desató una especie de competencia por lograr el mejor trabajo y por terminarlo lo más rápido posible. Al pie de las mismas se encuentran el Kuala Lumpur Convention Center (KLCC) y el popular centro comercial Suria kentuki, donde Hugo Boss, Cartier y Louis Vuitton, entre decenas de marcas, suelen desplegar su prestancia.

En casi ocho días de viaje, Malasia me había ofrecido de todo como en botica, una especie de cambalache orientalmente organizado donde el pasado, presente y futuro se funden con el respeto debido. Se acercaban las últimas horas y tenía que decidir en qué las iba a ocupar. Envalentonado por el altísimo grado de seguridad que ofrece Kuala Lumpur, entendí que la mejor opción era dejar que las calles me empujaran, sin necesidad de preguntar ni de andar buscando sitios turísticos, tan solo caminando, deambulando sin horizonte y a la deriva. Con los ojos perdidos en la inmensidad de la ciudad. Observando paso a paso ese refugio del planeta donde vive en armonía la diversidad.

Guía de Malasia

Cómo llegar:

Malaysia Airlines tiene dos vuelos semanales a la ciudad de Kuala Lumpur, con una breve escala en Ciudad del Cabo en la que no se cambia de avión, pero  donde es posible bajar para estirarse un poco o conocer el aeropuerto.

Imperdibles: las azafatas, posiblemente las mujeres más amables y lindas que me tocó ver en el cielo. Son una especie de mamele -mamita judía- que cada dos minutos intentan que los pasajeros coman o tomen algo.

El detalle: la puntualidad de la aerolínea. Tomamos seis vuelos en ocho días y todos fueron extremadamente puntuales. 

Av. Córdoba 1131. 3º piso. Ciudad Autónoma de Buenos Aires. 

Tel.: (011) 4819-8300

www.malaysiaairlines.com

Dónde dormir:

Hotel Istana 

Imperdibles: la pileta, la atención esmerada y las vistas a la inmensidad de Kuala Lumpur.

El detalle: el servicio y la variedad de comida en el Taman Sari Brasserie. 

73, Jalan Raja Chulan, 50200 Kuala Lumpur.

Tel.: (60) 3 2141 9988

E-mail: general@hotelistana.com.my

www.hotelistana.com.my 

Hotel Park Royal Kuala Lumpur

Imperdible: los tragos servidos por el experimentado Naray. 

El detalle: el lobby absolutamente abierto que tiene el hotel.

Jalan Sultan Ismail, 50250 Kuala Lumpur.

Tel:. (60) 3 2147 0088

E-mail: enquiry@kul.parkroyalhotels

www.parkroyalhotels.com/

Meritus Pelangi Beach Resort & Spa 

Imperdible: Todo. Es el lugar ideal para pasar unos días inolvidables.

El detalle: la sonrisa amplia y a flor de piel que regalan todos los trabajadores del hotel.

Pantai Cenang, 07000 Langkawi.

Tel.: (60) 4 952 8888

E-mail: Pelangi@meritus-hotels.com

www.meritus-hotels.com

En Kuala Terengganu

WanKay Homestay

Imperdibles: la posibilidad de aprender todo sobre la vida de los musulmanes practicantes.

El detalle: la amabilidad infinita de Habid, padre de la familia. 

iqhabib@hotmail.com

http://wkhomestay.blogspot.com/

Qué hacer:  

Asia Experience

Mohd Izani Bin Mohd Sharif, guía de turismo. 

Imperdible: conoce cada rincón de Kuala Lumpur. La compañía ideal para no perder tiempo.

El detalle: Izani es mucho más que predispuesto. Su paciencia para con nosotros fue casi franciscana.

E-mail: Izani_sharif@yahoo.com

Clima:

Húmedo y cálido casi todo el año. Las temperaturas oscilan entre los 21ºC y los 32ºC, con precipitaciones más frecuentes de noviembre a marzo.

Más información:

Consulado de Malasia 

Villanueva 1040. Ciudad Autónoma de Buenos Aires. 

Tel.: (011) 4776-0504/2553.

www.kln.gov.my/web/arg_buenos-aires

Martín Rubinetti

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